Epílogo · Lo que un directorio puede decidir el lunes
El software como lo conocemos muere porque escribir software y cambiarlo dejó de ser caro, y porque cualquier agente puede hoy mirar dentro de una aplicación y reproducir lo que hace. En su lugar, es mi tesis, nacerán organizaciones que construyan su propio sistema y lo evolucionan con agentes. Se pierde la tranquilidad que venía incluida en el software comprado. La recupera una pieza que nadie debería certificar para sí mismo: un sistema de verdad, con su contrato y sus dos garantes, rodeado de cuatro capas de control más.
Un directorio no necesita resolver el futuro del software para actuar el lunes.
Puede preguntar por la verdad antes que por el producto. En la próxima decisión de comprar, renovar o reemplazar un sistema, la primera pregunta es qué registros sostiene de los que la organización responde ante otros, y quién da fe de que son verdad. «El proveedor, porque lo usan muchos» es una buena respuesta, siempre que se sepa que se está pagando por ella. «Nosotros» es una respuesta incompleta.
Puede pedirle a toda oferta las cinco capas de control, a la suite, al desarrollo a medida y a la construcción propia: cómo responde por la verdad, quién actúa y en nombre de quién, hasta dónde deciden sus agentes, cómo se mide que lo hacen bien, sobre qué estándares está construida, y para cada capa quién la opera y cómo se vuelve atrás. Una oferta que no responde alguna de esas preguntas todavía no se puede comparar.
Y puede adoptar una regla corta: lo que no se puede mostrar a un tercero no cuenta como control. Los operadores de telecomunicaciones del capítulo 7 confían en su inteligencia artificial bastante más de lo que pueden demostrar, y un directorio no tiene por qué heredar esa brecha.
El resto de la trilogía cuenta hacia dónde va este tránsito, por dónde se recorre y cómo se construye. Este libro quiso responder por qué hay que cruzar ahora, y qué no se puede dejar atrás.